Educación, dinero y profesores
Así, por ejemplo, se constata en lo recién publicado que siendo conveniente incrementar los presupuestos invertidos en educación, el económico no es el factor decisivo en la calidad del sistema. Testigos mudos de esto podrían ser los miles de ordenadores que duermen el sueño de los justos en las aulas de los institutos extremeños, desde que algún iluminado pensó, ingenuamente, que con ellos nuestros jóvenes llegarían a la excelencia académica. ¿No podrían haber tenido los sesenta millones de euros entonces dedicados a su adquisición mejor destino? Pero más digno de mención es que esa constatación de que mayor gasto no siempre implica mejor calidad se acompaña de una afirmación esclarecedora: aunque medidas como la disminución del número de alumnos por clase eleven ligeramente los niveles educativos, es más destacable que los chicos cuyos profesores son de “alto rendimiento progresan tres veces más rápido que los que tienen profesores con bajo rendimiento”. Y aquí nos topamos con un tema tabú, del que pocos se atreven a hablar: el de cómo conseguir docentes que, por utilizar una expresión ajena, “sean muy buenos dando clase”. No hay espacio para tratar hoy este asunto, pero, si el lector lo permite, volveremos sobre ello.
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