Donde termina lo disculpableLA RECIENTE VICTORIA ELECTORAL de George W. Bush ha dado lugar a infinidad de sesudas reflexiones, que aún no han concluido. Desde que al votante medio americano sólo le preocupan las cuestiones de política interior hasta que la motivación de índole religiosa ha sido decisiva, pasando por la influencia que sobre una ciudadanía no siempre bien informada tienen ciertos medios de comunicación, todos los argumentos han sido barajados para intentar explicar lo sucedido. Y, aun así, a muchos nos resulta duro de comprender que un personaje como el antiguo gobernador de Tejas haya podido renovar su mandato. Quienes hayan visto el demoledor Fahrenheit 9/11, de Michael Moore, no podrán olvidar la actitud, rayana en el autismo, de Bush cuando le comunicaron el derribo de las Torres Gemelas, o las muecas y gestos pueriles con los que intentó hacerse el gracioso, unos segundos antes de leer ante las cámaras su anuncio de guerra contra Irak... El pueblo, según dicen, nunca se equivoca, pero a uno, qué quieren que les diga, le caben dudas al respecto. Siento ser tan políticamente incorrecto. La reelección de Bush ha sido acogida con relativa sorpresa en nuestro país, no exenta de disgusto. Salvo un Aznar cada vez más resentido y algunos de sus antiguos colaboradores que, como felizmente dijo Zapatero, ya que no pueden alegrarse de sus propios triunfos electorales han de hacerlo con los ajenos, pienso yo que a la mayoría de la ciudadanía aún le cuesta digerir que un personaje como el tejano haya renovado su mandato por cuatro años. Pero, ¿acaso es tan distinta a la de los americanos la manera nuestra de comportarnos? En la actualidad los profesores tenemos que dedicar mucho más tiempo del que quisiéramos a instruir a los jóvenes en principios básicos de civismo, antes que en nuestras propias disciplinas, para cuya enseñanza fuimos formados profesionalmente. Procurar que los chicos cuiden el lenguaje, se expresen sin violencia, respeten lo diferente, acepten las opiniones ajenas, forma parte de nuestra tarea cotidiana. Sabemos que la batalla es difícil, por no decir imposible, pues los chicos llegan después a sus casas y enchufan la tele. Y los modelos que ven en ella son los de programas como Gran Hermano y similares, que baten récord de audiencia. ¿De qué extrañarnos si al día siguiente, en las aulas, hemos de corregir la grosería, el mal gusto? Y no se trata ya sólo de esos «personajes» de la televisión. Se trata también de algunos dirigentes políticos, a los que nuestros alumnos también pueden mirar. ¿Nada que decir? ¿Todos siguen el modelo amable y cortés de Zapatero? En Extremadura tenemos, salvo algunas notorias excepciones, unos políticos habitualmente moderados en su forma de expresarse. Sin embargo esa moderación no se da en quien más debiera practicarla y es difícil abrir el periódico cualquier día y no encontrarse con alguna salida de tono de quien, libérrimo de opinar personalmente como le viniera en gana, debiera controlarse cuando resulte difícil deslindar su persona del cargo institucional que ocupa. Bien pareciera que todo pretexto vale con tal de soltar algún desatino. El último, por ahora, excede los límites de lo disculpable. Decir al Gobierno, socialista para más señas, lo que se le ha dicho, y en la forma en que se le ha dicho, sobre el pretendido indulto a Rafael Vera es una vulgaridad de tal calibre que ofende a todos los extremeños con un mínimo de sensibilidad. Y debiera hacernos reflexionar mu seriamente sobre los motivos que, más allá del océano o en nuestra propia tierra, hacen que algunos políticos ganen elecciones de forma tan incontestable. Publicado el 18.11.2004 Para volver a la página anterior, pulsa aquí |
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