Mejor apagados



COMO, PARA MI DESGRACIA, nunca he sido rico, no he podido disfrutar personalmente de la placentera sensación que debe proporcionar gastar el dinero simplemente porque sí, sin ningún fin concreto. A lo sumo, si me apuran, habré de admitir alguna que otra pequeña compra compulsiva en el híper, cayendo en alguna de esas prácticas que tan bien conocen los expertos en marketing que nos hacen adquirir en un descuido los artilugios más innecesarios que imaginar quepa. Pero, vamos, cosa de poca monta.

Pero lo que a título personal me ha estado siempre vedado --el dispendio propio de quien no tiene problema en llegar, no a fin de mes, sino a fin de siglo-- me está siendo ofrecido últimamente a raudales en mi condición de extremeño. O, si quieren más precisión, en mi condición de cacereño y. por ende, de ciudadano de esta españolísima región de nuestra patria, que diría Ibarra. Y me lo ofrecen, me apresuro a aclararlo, las maravillosas instituciones que, con independencia de su color político, pues en esto tienden todas a parecerse, gobiernan en nuestra tierras.

Hace unos pocos años el ayuntamiento cacereño, con gran alegría de, al menos, la empresa vendedora de ellos, instaló un sinnúmero de aparatitos de esos llamados semáforos en algunas encrucijadas de nuestra ciudad. En la conocida plaza de Colón, por ejemplo. Y lo que hasta entonces había sido un tránsito fluido por aquel lugar se convirtió en un atasco continuo, con los coches detenidos ante unos semáforos inútiles, que creaban colas kilométricas. Al fin alguien se cayó del burro y hoy es el día en que el fruto de aquel monumental gasto permanece continuamente inactivo, pues se ha demostrado que sin las dichosas lucecitas todo va mucho mejor. Algo parecido, por cierto, a lo sucedido en la calle Mira al Río, donde después de meses de comprobarse que los semáforos allí colocados lo único que producían eran retenciones monumentales, se ha optado por dejarlos en intermitencia. ¡Buen vendedor, el que largó esos chismes!

Ahora leo en estas mismas páginas algo que ya sabíamos hace meses: que más de 40 kilómetros de la autovía A-66, que han costado decenas de millones de euros, van a quedar inutilizados durante meses, si no años, porque una pésima planificación ha dado lugar a que estos nuevos tramos no enlacen ni con la carretara antigua ni con los siguientes trozos de autovía, aún no construidos. ¡Maravilloso! Una inmensa fortuna muerta de risa ahí, en una calzada cuya falta de uso hará inevitable su deterioro, como imitando a ese juguete que el niño rico recibe hoy, y abandona aburrido de él mañana.

Y pienso en ello mientras acudo a las aulas en que procuro impartir docencia. Y allí, muertos literalmente de risa, yacen los ordenadores que, como si nos hubiesen tocado en una rifa, y no costado un ojo de la cara, les dio por instalar a nuestras autoridades educativas hace un año, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, pensando ingenuamente (somos bien intencionados) que bastaba con sembrar de monitores y teclados las aulas para que las calabazas se convirtieran en laureles y el penoso panorama que ofrecen escuelas e institutos, pese a todas las inauguraciones reales que se quiera y todo el bombo y platillo con el que éstas se pregonen, en un vergel. Al menos en el curso anterior esos ordenadores, de cuyo inexistente uso no puede alegar ignorancia la Consejería, llamaban la atención por su mastodóntica envergadura y las dificultades que para una buena ordenación material de las aulas crearon. Ya ni eso. Ya no se los mira al entrar. Como le sucede al juguete del niño. Olvidado en un rincón, a la espera de que el año que viene, los papás de la criatura, a los que para eso les sobra el dinero, lo sustituyan por otro más moderno y tan inútil como él mismo.


Publicado el 13.10.2004

Para volver a la página anterior, pulsa aquí